Mario Vargas Llosa cumplirá 70 años el 28 de este mes. Sobre su mesa de trabajo, una manada de hipopótamos custodia el humor y el trabajo del escritor nacido en Arequipa, Perú, y reconocido internacionalmente como uno de los novelistas más destacados del siglo XX.
Tal vez sea esa colección de pequeñas esculturas, repartida entre sus casas diseminadas por el mundo, la guardiana de los secretos creativos del autor de “Conversaciones en la catedral”, entre otros títulos centrales de la literatura latinoamericana.
–Llega a los 70 en una verdadera explosión creativa. –Espero mantener ese estado hasta que me muera; estar muy vivo hasta el final. –¿Aumenta la pulsión creativa con el paso del tiempo? –Nunca me ha preocupado mucho el tiempo. La idea de envejecer, de morir, no es algo que me haya obsesionado ni angustiado, salvo en períodos en que, por razones diversas, he tenido que interrumpir mi trabajo, o no he podido mantener mi ritmo normal. Mientras estoy comprometido con proyectos que me apasionan no tengo la preocupación del tiempo ni de la decadencia. Uno debe mantenerse vivo como si fuera inmortal; la vida es hermosísima y no hay más que ésta. Hay que aprovecharla al máximo y no concibo mejor manera que tratando de realizar tus ilusiones. Entonces, sí, llego a los 70 años, una edad muy respetable, pero no me siento viejo en absoluto. Por lo menos psicológicamente. –Uno de los recursos para vender su libro “La tentación de lo imposible” reza: “Por fin van a encontrar al Vargas Llosa de izquierda". ¿Es usted tan de derecha? -Ese tipo de categorías no esclarece nada, son una manera de descalificarte y de sentirse seguros en su rincón. Creo que en muchas cosas soy lo que convencionalmente se llama de izquierda: una persona que cree en la sociedad laica, en las reformas sociales, que está en favor de los matrimonios gays, del aborto, de la despenalización de las drogas. Pero, al mismo tiempo, amo profundamente la libertad, creo que es una de las más grandes conquistas de la humanidad y que debe ser defendida de una manera muy convencida, y eso me lleva muchas veces a desencuentros radicales con la izquierda, porque hay sectores que no tienen esa concepción de la libertad y están dispuestos a sacrificarla por el poder. De modo que ataco a los dictadores, sin excepción, incluidos los de izquierdas, como Fidel Castro o Hugo Chávez, como ataqué desde el primero hasta el último día a Pinochet. Ahora, ¿soy de derecha por criticar a la izquierda y no tragar con lo que ésta traga muchas veces, con el nacionalismo, y hasta el racismo? De la derecha me distancian muchísimas cosas, no soy un conservador, no creo que el modelo ideal de una sociedad esté en el pasado. Soy un liberal, creo que, al contrario, el modelo ideal de sociedad hay que seguir construyéndolo, perfeccionándolo. -¿Conserva aún el intelectual una función pública? -Creo que sí, aunque menos de lo que creíamos de jóvenes. En los años 50, incluso en los 60, la idea generalizada era que un intelectual podía influir en la vida política y social y que por eso había que comprometerse. Hoy creo que había mucha ingenuidad en esa idea. Pero tampoco estoy de acuerdo con quienes creen que la literatura, o la cultura en general, no tiene mayor efecto sobre la historia, que es una actividad fundamentalmente de entretenimiento -muy elaborado, superior, pero de entretenimiento-, y que no deja huella en la vida política o social. Eso me parece inexacto, y en ese sentido sí hay una responsabilidad de parte de los artistas y de los intelectuales, sin duda. -Tiene casa en París, en Madrid, en Lima, en Londres. ¿Qué obtiene de cada una de esas ciudades? -Desde muy chiquito, cuando aún no lo sabía, quise ser ciudadano del mundo, o quizá de Europa, porque mi sueño era Europa, era París. Y bueno, la vida me ha gratificado en ese sentido, vivo con mucha libertad, cambiando de lugares, y no me siento extranjero en ninguna parte, ni siquiera en Londres, donde lo normal es sentirse extranjero. -¿Qué recuerda del Perú de su infancia? -Pasé mi infancia en Cochabamba, en Bolivia, me sacaron de Arequipa con sólo un año, así que todos mis recuerdos de infancia son bolivianos. Pero en mi familia -que era un poco bíblica: en casa vivíamos mis abuelos, mis tíos, mi madre, yo, mis primas- se cultivaba muchísimo el recuerdo del Perú, de Arequipa sobre todo, de esa ciudad del Sur donde nací, de donde era la familia. Y entonces yo me sentía muy peruano, muy arequipeño, pero no tenía recuerdos propios, sino heredados de mis abuelos, de mi madre, de mis tíos. Perú fue para mí, primero, una fantasía. Lo conocí a los 10 años, cuando fui a vivir a Piura, donde pasé dos años. Ese fue mi primer contacto con Perú y esos recuerdos me marcaron y han sido fuente de varias historias. Después, a los 11 años fui a vivir a Lima, una ciudad con la que tuve desde el principio una relación muy difícil, porque significó separarme de mi familia materna, a la que quería mucho y que me había mimado mucho, y vivir con mi padre, con quien yo no había vivido hasta entonces, una persona muy severa, muy rígida, muy autoritaria, a quien yo tenía mucho miedo. Mis primeros recuerdos de Lima son más bien desastrosos y quizá por eso he tenido una relación conflictiva con Lima; creo que eso se ve bastante bien en las novelas. Pero en Perú están las referencias, allí me formé, suyo es el español en el que hablo y escribo, a pesar de que he vivido ya mucho más tiempo afuera que allí. -¿Qué ha causado más víctimas inocentes en la historia, las banderas o la religión? -La primera razón de violencia en el mundo ha sido la religión y la segunda, el nacionalismo. Todas las grandes guerras de religión tienen también un contenido nacionalista muy fuerte. Son las dos fuentes principales del Apocalipsis en la historia.