El 6 de diciembre de 1914 la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur desfilaron triunfalmente en la capital de la República.
Detrás de las escoltas personales de sus comandantes en jefe, los surianos vestidos de charro y los dorados de caqui y sombrero de fieltro, venían los jefes de la columna: al centro, ataviado con un magnífico traje de charro y montando un caballo rosillo, Emiliano Zapata. A su derecha cabalgaba el general Tomás Urbina, el León de Durango; junto a él marchaba el joven general sinaloense Rafael Buelna. A la izquierda de Zapata, haciendo caracolear su soberbio alazán tostado, el general Francisco Villa, enfundado en un sobrio uniforme azul, respondía sonriente a los vítores de la multitud. A su izquierda, los generales Rodolfo Fierro y Mateo Almanza. Los seguían 18 mil hombres de las tropas del sur, y cerraban el desfile 15 mil soldados villistas de las tres armas encabezados por el general Felipe Ángeles.
Terminada la parada, Villa, Zapata y sus estados mayores se dirigieron a Palacio Nacional, desde cuyo balcón central el presidente Eulalio Gutiérrez y sus ministros habían presenciado el desfile. Ministros y generales comieron opíparamente y por fin, alguien les mostró el palacio a Zapata, Villa y sus acompañantes. Al ver lo que alguien le dijo que era la silla presidencial, Villa se sentó y un fotógrafo (probablemente Agustín V. Casasola) inmortalizó el momento. Ese fue, simbólicamente, el momento culminante de la revolución campesina.
Los protagonistas de ese momento, más de 30 mil soldados revolucionarios, quedaron simbolizados en el imaginario colectivo en la figura de sus dos jefes visibles, que destacan entre los dirigentes de las revoluciones sociales modernas por su origen popular. Que crecieron hasta convertirse en mitos.
Fuente: http://bit.ly/2g5wfPc
Terminada la parada, Villa, Zapata y sus estados mayores se dirigieron a Palacio Nacional, desde cuyo balcón central el presidente Eulalio Gutiérrez y sus ministros habían presenciado el desfile. Ministros y generales comieron opíparamente y por fin, alguien les mostró el palacio a Zapata, Villa y sus acompañantes. Al ver lo que alguien le dijo que era la silla presidencial, Villa se sentó y un fotógrafo (probablemente Agustín V. Casasola) inmortalizó el momento. Ese fue, simbólicamente, el momento culminante de la revolución campesina.
Los protagonistas de ese momento, más de 30 mil soldados revolucionarios, quedaron simbolizados en el imaginario colectivo en la figura de sus dos jefes visibles, que destacan entre los dirigentes de las revoluciones sociales modernas por su origen popular. Que crecieron hasta convertirse en mitos.
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