Cinco años se cumplieron de la agresión imperialista en Libia que culminó con el derrocamiento y asesinato de Muammar Al Gaddafi en el año 2011.
El resultado de la intervención militar llevada a cabo por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es un país devastado, quebrado y transformado en un nido de terrorismo y violencia armada.
Hoy Libia ya no centra la atención de los grandes medios de comunicación que afirmaban en sus editoriales que los bombardeos atlantistas iban a traer la democracia a la nación. De hecho, el grupo terrorista ISIS se ha apoderado de gran parte del territorio y amenaza con seguir expandiendo su control en la región.
Actualmente existen dos administraciones sin legitimidad alguna, una en Trípoli y otra en Tobruk, al Este del país, en una muestra clara que la guerra imperialista en Libia lo que ha originado es una balcanización de la región.
Se trata, sin duda, de un nuevo desastre humanitario provocado por la política belicista e injerencista de Estados Unidos y otras potencias aliadas.
La estrategia de fragmentación y división del territorio que se ha usado recuerda a las intervenciones en Yugoslavia, Osetia del Sur o Sudán del Sur, un hecho que según varios analistas internacionales se estaría repitiendo en Siria con el objetivo de derrocar al presidente Bashar Al Assad, una pieza antiimperialista clave en la región que impide el avance y desarrollo de los intereses estadounidenses en la zona.
Cabe recordar, que Gaddafi era un aliado para occidente, sin embargo, el poder hegemónico mundial no encontró más beneficios en mantener al dictador libio en el poder por lo que decidieron asesinarlo con el pretexto de salvar al pueblo de su tiranía, que ellos mismos apoyaban. Claramente, lo que hicieron no fue mejorar la calidad de vida de la población, que estaba en un nivel muy superior a lo que fue luego del derrocamiento de Gaddafi, sino que la dejaron inmersa en un territorio controlado por terroristas que día a día cometen todo tipo de crímenes. La pobreza inunda aquel país, y la paz a Libia no parece llegar.
Esta política del imperialismo de poseer un aliado-enemigo de un día al otro data de mucho tiempo atrás. Uno de los casos más conocidos es el de Saddam Hussein, aquel dictador iraquí, que inicio la guerra contra la República Islámica de Irán en 1980 luego del triunfo de la Revolución Islámica, por orden de su aliado indispensable, los Estados Unidos.
Sin embargo, la alianza se quebró luego de los atentados contra las Torres Gemelas, en la que occidente culpó a Saddam Hussein de poseer armamento nuclear que iba a ser utilizado contra EE.UU. Esto finalizó con la invasión del suelo iraquí, la ejecución del tirano de aquel país árabe y la matanza indiscriminada de civiles iraquíes, exponiendo a Iraq en la miseria total. Por supuesto, las bombas atómicas no existían.
Muy similar es el caso de Osama Bin Laden, un individuo saudí entrenado por la CIA para luchar contra la Unión Soviética en su invasión a Afganistán. Bin Laden fue el líder del grupo terrorista Al Qaeda. Poseía estrechas relaciones con los Estados Unidos, e incluso su familia, de gran importancia y de grandes riquezas en Arabia Saudita, tenía numerosos vínculos por negocios con Bush.
Sin embargo, los medios vendieron una imagen de Bin Laden, como el terrorista más peligroso y que quería destruir el mundo. Finalmente decidieron culparlo de los atentados a las Torres Gemelas y se justificó así, una intervención militar en Afganistán, donde se encontraba el bastión de Al Qaeda. La famosa guerra contra el terrorismo, solo provocó más muertes y destrucción de aquellos países, y los Estados Unidos y aliados fueron los que se beneficiaron por el robo del petróleo de aquellas naciones.
La hipocresía del poder mundial se demuestra en estos casos.