Por Augusto Márquez | Misión Verdad |
Su origen emanó de las revoluciones burguesas del siglo XVIII y las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, que sirvieron de laboratorios políticos y económicos para las grandes potencias de Occidente en su objetivo de estandarizar y controlar, bajo este único concepto, a vastas regiones del planeta. Destruyendo o modificando sustancialmente todos los órdenes políticos anteriores (monarquías), imponiendo un sistema político útil para el libre mercado y el modo de producción capitalista.
El concepto es también una vara de medición: cualquier país que decida (por costumbres históricas y cultura política) organizarse de una forma distinta es condenado, aislado y desconocido, reducido a un estatus de salvajismo incivilizado.
A menos, claro, que estas expresiones las encarnen gobiernos aliados de potencias recientes como Estados Unidos, como Arabia Saudí o las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, en esos casos sí es totalmente aceptable.
En el papel el concepto de democracia debe cumplir con distintos requisitos para existir efectivamente (separación de poderes, libertad de acción de los partidos políticos, libertad de prensa, etc.). De todos ellos el más importante es aquel poema que dice así: "tras unas elecciones libres, directas, universales y secretas los gobernantes deben acatar lo que la mayoría de la población eligió".
Sería de una extensión innecesariamente incómoda referirme a las miles de veces que este principio ha sido violado y desbaratado hasta el extremo por las élites gobernantes en todos los resquicios del planeta. Sin embargo, podemos referirnos a tres que sirven para ilustrar cómo este concepto tiene más rasgos de fantasía e ideología que de realidad.