Lavarse y bañarse son requerimientos religiosos para los musulmanes, y quizás es por eso que ellos perfeccionaron la receta del jabón que todavía utilizamos hoy en día. Los antiguos egipcios tenían un tipo de jabón, al igual que los romanos, pero era utilizado como pomada.
Fueron los árabes quienes combinaron aceites vegetales con hidróxido de sodio y compuestos aromáticos, como el aceite de tomillo. Para los musulmanes, una de las características más llamativas de los cruzados era que no se lavaban.
El champú fue introducido en Inglaterra por un musulmán que abrió el establecimiento "Baños de vapor indios de Mohamed" en la playa de Brighton en 1759, y fue designado como "cirujano de champú para los reyes George IV y William IV."
Almonas árabes
La primera gran jabonería europea la construyeron los árabes a finales del siglo X en Al Andalus, Sevilla. En el valle del Guadalquivir, donde había grandes olivares y marismas, se obtenían las materias primas necesarias para fabricar un jabón que cuatro siglos más tarde se conocería como "jabón de Castilla". Aún así en Andalucía se siguió llamando por el nombre árabe "almona" a las fábricas de jabón.
El monopolio del jabón en Sevilla, ostentado por los marqueses de Tarifa en el siglo XVI, fue ampliado hasta América después de la conquista. En este mismo siglo ya se exportaba este sapo hispaniesis o sapo castilliensis al Reino Unido a través de Amberes. El jabón de Castilla, al provenir de aceites vegetales en vez de grasas animales, podía utilizarse en la higiene personal. Fue así que los europeos se volvieron más limpios y empezaron a desaparecer las grandes pandemias.
Las famosas fábricas de jabón de Marsella se establecieron en el siglo XIV. Este jabón tradicionalmente se fabricaba con aceite de oliva, agua del Mediterráneo y sosa cáustica proveniente de cenizas del laurel.