El Congo puede describirse como el suelo más rico del globo, con un valor superior al PIB de Estados Unidos. Si bien ahora es objeto de disputas internacionales por la extracción del coltán por su utilidad tecnológica, también lo fue en su momento por el saqueo de marfil, por el cobre para las armas de la Segunda Guerra Mundial o por la explotación de uranio. Durante la Guerra del Coltán, hasta 2003, fueron casi cuatro millones las personas que murieron en el conflicto. El fin de este no es sino una frágil fachada de cara a Occidente; una cubierta que persiste como paliativo visual, degenerado en una expansión de los límites mercantiles y económicos que rayan en nuestra continua purga moral.
La deriva problemática de la explotación del coltán en el Congo es ilimitada. No sólo es una descripción expresa de un imperialismo fascista que aún pervive en la atmósfera del mercado, sino que incide en la vida moral de la población de forma letal y directa. Mineros que trabajan más de once al día bajo unas condiciones laborales miserables, bajo el amparo de un sueldo que apenas cubre sus necesidades. Niños trabajando, útiles para alcanzar huecos que los adultos no pueden. Militares que rondan las ciudades persiguiendo a miles de mujeres anualmente, acosándolas, violándolas, embarazándolas y condenándolas a la marginación social por un sistema estructuralmente arcaico, consecuencia del impúdico deseo occidental de impedir el desarrollo en África.
Siemens, LG, Apple, Nokia y una larga cadena de multinacionales que hacen que nuestras manos sean cómplices de violaciones, saqueos, feminicidios y asesinatos. Es el hilo invisible que conecta nuestras tecnologías con el Congo y sus vergüenzas, que también son las nuestras sin ser punto de mira y condena. La historia del imperialismo es el relato de la monstruosidad, la narrativa de la riqueza hipócrita de las naciones. Entre el dicho y el hecho dista un abismo sideral, donde juegan libremente los payasos del circo económico supranacional. Mira bajo tus pies. Si no encuentras nada, siéntete geográficamente afortunado. Mira a tu bolsillo. Hazlo con una mirada de dolor. ¿Qué sientes? Siéntelo, hazlo, dilo. ¿Repulsión, como yo? Asquéate, repúgnate, no expiemos nuestros delitos con un puñal de indiferencia. ¿Te escondes tras la pantalla? Si a ti te costó 700 euros, descuida, no es objeto de lamento: a algunos les ha costado la vida.