En todos los conflictos o zonas con violencia siempre hay héroes ocultos que trabajan detrás de los titulares. Su labor es salvar vidas o minimizar el sufrimiento.
Las soldados de estas batallas invisibles son enfermeros y, en todo el mundo, la inmensa mayoría de ellos son mujeres.
"A veces pasamos dos o tres meses sin cobrar", dice. "Pero esto no hace que quiera menos hacer mi trabajo, pues no es culpa de los pacientes".
Para uno de ellos, Abdul, quien sufre de leucemia, la única opción para recibir tratamiento es fuera de Gaza. "Es triste que no haya tratamiento para los pacientes", dice. "Es un paciente de cáncer: cada minuto, cada hora es importante para su vida, su futuro, su familia".
Esta inseguridad rampante significa que Koutou raramente sale del hospital. "Si tengo varias cosas que hacer, las hago. Si no, vengo a casa y me acuesto", dice.
Koutou está a cientos de kilómetros de su familia, incluidos sus cuatro hijos, a los que no ha visto desde Navidad. El viaje a la capital en la que viven es largo, caro y peligroso
"Es triste"
Con 27 años, Azza Jadalla ha vivido ya seis guerras: tres de ellas en los últimos siete años. Es una enfermera oncológica en el principal hospital de Gaza, Al-Shifa. Cada día, lidia con las consecuencias del conflicto en Palestina. Vivir en un lugar con una economía en falla significa que se enfrenta a cortes de electricidad y escasez de material en el trabajo.
"A veces pasamos dos o tres meses sin cobrar", dice. "Pero esto no hace que quiera menos hacer mi trabajo, pues no es culpa de los pacientes".
Para uno de ellos, Abdul, quien sufre de leucemia, la única opción para recibir tratamiento es fuera de Gaza. "Es triste que no haya tratamiento para los pacientes", dice. "Es un paciente de cáncer: cada minuto, cada hora es importante para su vida, su futuro, su familia".
"Tienes miedo"
Marie-Ange Koutou, de 42 años, es enfermera pediátrica ayudante en el hospital de Médicos sin Fronteras en Kabo, una aldea rural remota en el norte de República Centroafricana, donde décadas de guerra civil han dejado al país inseguro y sin ley. Kabo es uno de los tres peores lugares del mundo en términos de mortalidad infantil. Los asesinatos no se deben a bombas y balas, sino a enemigos mucho más perniciosos: la malnutrición y la malaria. Koutou sólo ha recibido entrenamiento durante tres meses, pero la escasez crónica de profesionales implica que hace mucho trabajo que en otras partes del mundo haría una enfermera.
Esta inseguridad rampante significa que Koutou raramente sale del hospital. "Si tengo varias cosas que hacer, las hago. Si no, vengo a casa y me acuesto", dice.
Koutou está a cientos de kilómetros de su familia, incluidos sus cuatro hijos, a los que no ha visto desde Navidad. El viaje a la capital en la que viven es largo, caro y peligroso