Comenzaba entonces el primero de los doce días que verían la caída de la monarquía.
El 1 de febrero de 1979, Jomeini hizo una entrada triunfal en Teherán, donde lo recibieron más de cuatro millones de personas. Sobrevinieron violentos incidentes entre el 9 y el 12 de febrero, declarando el fin de la monarquía y el derrumbamiento de las últimas fuerzas que la sostenían.
El 5 de febrero, Jomeini nombró a Bazargan primer ministro islámico, en oposición al primer ministro imperial Shapur Bajtiar. Demócrata y reformista, Bazargan tranquilizó a Occidente, pero inquietaba a los radicales iraníes. El 8 de febrero, el pueblo salió a la calle respondiendo al llamado del imam al grito de «¡Muera Bajtiar!».
Los manifestantes vestían una cinta blanca en la cabeza para significar que estaban prontos a morir como mártires. En la víspera del 10 de febrero, hallados culpables de mirar por televisión la película sobre el regreso de Jomeini, los homafars (técnicos de la fuerza aérea) fueron «corregidos» por los guardias imperiales que dieron así, involuntariamente, la señal de la sublevación. Al día siguiente se concentraron 100.000 personas en Teherán para una marcha política. El ejército abrió entonces fuego sobre la multitud.
La muchedumbre se dispersó por las calles de Teherán y la insurrección se expandió. La capital se erizó de barricadas y se decretó el toque de queda. En dos días cayeron cuarteles, edificios administrativos, palacios imperiales, uno tras otros. El 12 de febrero se ponía fin a la monarquía de 2.500 años de antigüedad.