Los principales de la tribu de Quraish estaban irritados por el avance del Islam. Se habían reunido en La Meca y deseaban tomar una decisión definitiva.El resultado de la opinión conjunta fue volcado en un comunicado. Uno de los presentes lo leyó en voz alta:

Nadie tiene derecho a comerciar con Muhammad y sus seguidores.

Nadie tiene derecho a mantener ningún tipo de relación con ellos.

Nadie tiene derecho a contraer enlace con ningún integrante de la comunidad de Muhammad.

Nuestro deber es secundar a los enemigos del Islam cualquiera sea la circunstancia.

Entre exclamaciones los jefes de Quraish confirmaron el comunicado y lo colgaron en la pared de la Ka’aba. Luego todos se retiraron. En el camino de regreso algunos seguían discutiendo respecto al tema. Uno decía: “Sí, no hay ningún otro remedio. Sólo de este modo podremos quebrantar la resistencia de los musulmanes”. Otro agrega: “Cada día Muhammad encuentra nuevos fieles, ya no es posible hablar ni siquiera con nuestros jóvenes”. Y un tercero acotaba: “Debimos hacer esto mucho tiempo atrás”. Otro agregó: “Pero ahora tampoco es tarde. De hoy en más, los musulmanes no sabrán de sosiego ni seguridad. Ni siquiera les venderemos alimentos. En verdad, es posible que no sobrevivía ninguno de ellos”.

Cierto tiempo después los seguidores del Profeta y parte de su familia, partieron hacia una hondonada situada en medio de las montañas. Lo hicieron a raíz de una propuesta de Abu Talib, el tío del Profeta, ya que él deseaba que Muhammad y los musulmanes estuvieran a salvo del ataque y las molestias de los de Quraish. Por esta misma razón llamaron a este paraje, “la hondonada de Abu Talib”. Después de establecerse allí, los musulmanes construyeron torres de vigilancia. Estaban custodiadas por guardias para prevenir el ataque enemigo. Las casas que estaban en malas condiciones fueron remodeladas. Día a día, el hambre y la carencia de alimentos creaban mayores dificultades. Había días en que la comida de los musulmanes era un dátil repartido entre varios. Con extrema debilidad y agotamiento siguieron trabajando y procuraron hacer tolerables las difíciles condiciones de vida en la hondonada, especialmente para las mujeres y niños.

El enviado de Dios recomendaba la y la tolerancia, y albriciaba el triunfo. Los musulmanes resistían sin reprocharle el sufrimiento. Cuando el cansancio los agobiaba, miraban al profeta y renovaban sus espíritus. El Enviado de Dios trabajaba más que nadie y descansaba menos que ninguno. Minuto a minuto estimulaba a los musulmanes para darles fe y una mayor resistencia. Los moradores de La Meca consideraban a ciertos meses del año, prohibidos. Durante el transcurso de los mismos nadie podía declarar guerras o disputar batallas. En ese período, los fieles del profeta aprovechaban para salir de la hondonada, a fin de obtener una determinada cantidad de alimentos. Además, trataban de convocar a la gente hacia la ideología islámica.

Ocurrió que en uno de esos días, un grupo de musulmanes se dirigió a la ciudad para realizar unas compras. En el momento de pagar y recibir a cambio sus provisiones, repentinamente apareció en un lugar Abu Lahab. El era uno de los enemigos más encarnizados del Islam. Abu Lahab dijo al vendedor: “¿Por qué les vendes mercancías? ¿No sabes que no debes comerciar con los musulmanes?. Ellos deben morir de hambre. Al menos, aumenta el precio de la mercadería”. A pesar de sus palabras y como al comerciante sólo le preocupaba vender la mercancía, no le prestó oídos. Al descubrir Abu Lahab que no le sería posible impedir la transacción de aquel modo, ofreció pagar un mayor precio por la mercancía y lo compró todo.

Los Quraishitas siempre procedían así, con el único propósito de molestar a los musulmanes. Y así ocurrió durante largo tiempo. Cada día, los seguidores de Muhammad se enfrentaban con mayores dificultades. Los espías de Quraish vigilaban en torno a la hondonada, para asegurarse de que nadie les facilitara alimentos. Hacían una guardia estricta, a fin de que el bloqueo económico se concretara al pie de la letra. Pero a veces algunas personas, que sabían que sus familiares pasaban hambre, trataban de ayudarlos del modo que les fuera posible. Lo hacían colocando dátiles y trigo sobre el lomo de un camello. Aprovechando la oscuridad de la noche, llevaban los animales hasta las cercanías de la hondonada y luego desde allí, éstos continuaban solos, hasta donde se encontraban los musulmanes.

Pasaron aproximadamente tres años bloqueados económicamente, viviendo en medio de las montañas. Durante este período algunos mequinenses no estuvieron de acuerdo con esta táctica. Ellos, que hacía años eran testigos de la opresión de Quraish y la resistencia del profeta y sus fieles, ya no pudieron soportarlo más. Cierto día, un hombre llamado Hosham habló con otro, Zuhair, y tres hombres más, y les pidió que juntos tomaran alguna medida para poner fin a la situación.

Se construyó una sesión. Hosham, Zuhair y el resto se hicieron presentes a fin de abolir el comunicado. Exclamó Zuhair: “Esperamos que esta mancha de deshonor sea purificada, que este comunicado opresor quede sin efecto”. Entonces irrumpió Abu Yahl: “Jamás tus palabras llegarán a la práctica, jamás esto se llevará a cabo. La decisión de Quraish debe ser cumplida. La voluntad de los jefes de esta tribu debe ser respetada”.

Cuando él terminó de hablar, los concurrentes comenzaron a expresar, entre exclamaciones, sus ideas tanto favorables como contrarias a las de Zuhair. Unánimemente se pusieron de su lado y pidieron la abolición del comunicado. Abu Yahl y otros opresores de Quraish, vieron difícil la situación, y se convencieron de que su resistencia sería en vano. De este modo y tras años de reclusión y dificultades, el Profeta y sus compañeros quedaron a salvo y regresaron a sus hogares. Más convencidos que nunca, pensaban en el triunfo progresivo del credo de la verdad. Su deseo más ferviente era la erradicación de la incredulidad y la injusticia, y la eliminación de la opresión hacia los semejantes.

Cuando se dirigieron a la Ka’aba para retirar el comunicado, descubrieron que se lo habían devorado los insectos. Las termitas dejaron intacta sin embargo, la palabra Allah (Dios), puesto que el comunicado estaba encabezado por la frase, “En tu nombre, oh Dios”.

Fuente: Organización Islam