Por Koldo Salazar  | 

La guerra en Siria, en este punto, dista mucho de ser un conflicto interno o una mera guerra regional. El guión que se ha impuesto en esta eterna contienda ha ido arrastrando cada vez a más contendientes que, en un principio, eran los estados de alrededor. Luego vinieron las potencias regionales y más tarde las superpotencias internacionales.

La guerra civil en Siria es un mito que pudo ser al comienzo, pero desde luego ya no. La realidad impuesta es que en este país se están librando muchas guerras. En primer lugar una guerra de influencia entre superpotencias, Rusia y Estados Unidos. La caída de Bashar al Asad beneficiaría a Estados Unidos porque Rusia saldría de Oriente Medio (y perdería sus dos bases militares).

Esta caída serviría para consolidar el dominio sobre la región, que se sustenta en el control de los hidrocarburos y su transporte. La ruta marítima está controlado desde 1991, después de la Guerra del Golfo. El golfo pérsico se convirtió en un lago estadounidense por las bases en Bahrein, Omán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Qatar y Arabia Saudí. El transporte terrestre, sin embargo, no está controlado ya que la red de tuberías de petróleo y gas que abastecen Europa desde Arabia Saudí, pasan por Siria y allí Washington no tiene influencia.

Mientras Estados Unidos se haría con el control geoestratégico de esta red de tuberías, derroca un gobierno moderado de Oriente Medio y establece su influencia. Lo que aseguraría su preeminencia en la zona, beneficiando a otras potencias regionales aliadas.

Arabia Saudí e Israel serían las grandes vencedoras de esta guerra. La política exterior de Estados Unidos en esta zona pivota en el eje Riad-Tel Aviv hasta tal punto que Washington parece ser rehén de los intereses wahabistas y sionistas en la región.

El beneficio que lograría Israel con el fin de Bashar al Asad sería inmenso. En primer lugar con la caída del Baath y la disolución del país, Israel no tendría ningún enemigo cohesionado que pudiera frenar sus planes expansionistas. Los Altos del Golán formarían parte indiscutible de Israel, a pesar de estar ocupados desde 1967 con una posterior ampliación en 1973, al no existir Siria no habría ningún estado capaz de reclamar este territorio. La resistencia palestina se vería afectada en todo su espectro, desde los combatientes de Hamás hasta los laicos socialistas de Fatah, y Hezbollah perdería a uno de sus grandes aliados estratégicos, siendo aislada en el Líbano. El beneficio más grande para Tel Aviv sería que Irán, su gran enemigo, saldría muy debilitado de esta contienda y su influencia sobre la resistencia palestina y Hezbollah sería decadente.

Israel ganaría en seguridad. No tendría países enemigos cerca de sus fronteras y los grupos de resistencia que hostigan sus políticas y territorio estarían debilitados y cercanos a un hipotético final.

Arabia Saudí sería otro gran vencedor. Irán posee una mayor influencia en Oriente Medio, la caída de Siria beneficiaría a los sauditas. Teherán perdería el ascendente sobre los gobiernos chiítas de Bagdad, Damasco y la alianza con Hezbollah, que posee un increíble poder en Líbano, asimismo el apoyo que Irán da a la milicia Ansarullah, que está frenando la agresión saudita a Yemen, se vería muy mermado.

La influencia de Arabia Saudí está confinada al territorio de la península arábiga, salvo Yemen y Omán, el poderío del gobierno de Riad llega a los estados del golfo. Arabia Saudí únicamente puede hacer valer su influencia mediante la radicalización a través del wahabismo, que ha logrado contaminar a amplios sectores sociales del mundo islámico, o mediante el uso de grupos terroristas para el derrocamiento de gobiernos y la subida al poder de elementos afines.

El gran obstáculo para Arabia es Irán. Ambos estados poseen una cosmovisión incompatible en cuestiones culturales y religiosas, de ahí la dicotomía persa/árabe y /chií/suní. Debido a esto en Oriente Medio se vive una guerra fría entre ambos países y sus bloques afines. El fin de Bashar al Asad provocaría la ruptura de la cohesión del bloque chiíta que finiquitaría a la “media luna chiíta”: Irán, Iraq, Siria, Hezbollah y Yemen.

Además de la salida y la confinación de Irán a su entorno más cercano, debido al duro golpe de la caída de Siria. Los sectores chiítas de Arabia Saudí, Bahrein y demás países del bloque sionista-wahabí se vería debilitado también, esto se traduciría en una mayor estabilidad interna propiciado por la crisis de la oposición chií dentro de estos países. Lo que permitiría la proyección del poder saudí en la región a través de estos grupos terroristas.

El objetivo para ello sería lograr la balcanización de Siria. La ruptura de la cohesión territorial en esferas de influencia sería el objetivo último de las gestiones militares de la coalición. Esto ya se está haciendo con la promoción constante para la creación del kurdistán, que puede llevar a una guerra inevitable con Turquía, ya que la tesis de estado de Ankara hace incompatible la convivencia de ambos países.

Los grandes perdedores serían Rusia, que perdería toda influencia en Oriente Medio así como sus bases militares en el país. Irán, que vería cómo se esfuma el bloque chiita-antisionista y la resistencia palestina. Estos grupos perderían uno de sus pilares y fuentes de financiación más importante, de modo que el daño producido al bloque anti sionista-wahabí sería estructural e irreparable.