Por Enric Llopis | Rebelión | 

En el periodo 2011-2015 Estados Unidos destacó como el principal exportador de armas del mundo, al sumar el 33% de las exportaciones mundiales de gran armamento, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI) de Estocolmo. En el último año del periodo analizado, 2015, el SIPRI resaltaba que el presupuesto militar estadounidense era, con diferencia, el mayor del mundo: 596.000 millones de dólares, el 36% del total mundial. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no parece decidido a virar la tendencia. A finales de febrero anunció un “histórico” incremento en el gasto del Pentágono, que cifró en el 10% (54.000 millones de dólares). A menudo la propaganda presenta las operaciones bélicas como “misiones humanitarias” y casi una operación de cirugía, pero no ocurre así sobre el terreno. El 13 de abril la Agencia Efe informaba de un ataque aéreo de la coalición internacional contra el “Estado Islámico”, que según reconocía el Pentágono había causado la muerte de 18 milicianos de las llamadas Fuerzas de Siria Democrática (FSD) en Al Tabqa.

Human Rights Watch ofreció detalles el 18 de abril de otro bombardeo realizado por aviones y drones estadounidenses un mes antes contra una mezquita en la localidad siria de Alyina, al oeste de Alepo. Al menos 38 personas perdieron la vida, informó la Agencia Efe. La mencionada organización de derechos humanos señaló que no existen “evidencias” de que el templo acogiera a terroristas de Al Qaeda, explicación difundida por el Pentágono. Testigos consultados por la ONG aseguraron que en el momento del bombardeo en la mezquita sólo había civiles. La calificación de crímenes de guerra incluye “atacar deliberadamente a civiles o edificios de civiles, también mezquitas”, recordó Human Rights Watch. Además, las bombas de la coalición internacional contra ISIS podrían haber causado el 17 de marzo la muerte de cerca de 200 civiles en un edificio al oeste de la ciudad iraquí de Mosul. “Hay muchas posibilidades” de que así ocurriera, afirmó el comandante de la operación “Resolución Inherente”, Stephen Townsend, en declaraciones a The New York Times recogidas por Europa Press.

Los tres episodios han ocurrido en apenas un mes. Casi al mismo tiempo que la presidencia de Trump se estrenaba con el lanzamiento de la mayor bomba “no nuclear” (la GBU-43, de 10 toneladas) en Afganistán; arrojaba 59 misiles Tomahawk contra la base aérea siria de Al Shayrat y acercaba un portaviones de la clase Nimitz a la Península de Corea. Para muchos analistas la escalada implica que el multimillonario presidente abandona la consigna electoral –aislacionista- del “América primero”, y opta por el expansionismo y la intervención en diversos frentes. Pero no es la primera vez que se anuncia una “nueva” era; y, pese a ello, se mantienen las corrientes de fondo. El libro del filósofo, lingüista y politólogo, Noam Chomsky “Una nueva generación dicta las reglas” (Crítica, 2002) recuerda algunos de los discursos con los que se iniciaba el nuevo siglo. Era la época (marzo de 1999) en la que la OTAN, que además conmemoraba su 50 aniversario, empezaba a bombardear Serbia. “Si alguien se dispone a perseguir a civiles inocentes, si intenta masacrarlos en razón de su etnia, raza o religión y está en nuestra mano detenerlos, lo haremos”, afirmaba el presidente de Estados Unidos, William Clinton. Se trataba de “luchar por los valores y por un nuevo internacionalismo”, según el primer ministro británico, Tony Blair.

Los libros de Noam Chomsky constituyen una denuncia documentada de la doble moral de los Estados Unidos y sus aliados, así como de las mentiras establecidas en las agendas mediáticas. ¿Qué había ocurrido antes -o sucedía mientras- las bombas “humanitarias” de la OTAN alcanzaban Serbia? Las explicaciones oficiales apuntaban a detener las atrocidades que se estaban cometiendo en Kosovo. Pero uno de los ejemplos más graves de limpieza étnica en la década de los 90 (del siglo pasado) se produjo en un país de la OTAN, en la zona suroriental de Turquía. “El exterminio masivo del pueblo kurdo –recuerda Chomsky- se apoyaba en el armamento suministrado en cantidades desorbitadas por Occidente, sobre todo por Estados Unidos”. El escritor y activista, autor de títulos como “El miedo a la democracia”, “La responsabilidad de los intelectuales” o “El nuevo orden mundial (y el viejo)”- subraya que la potencia estadounidense suministró a Turquía cerca del 80% de las armas a mediados de los 90, “cuando repuntaron las atrocidades”. En sólo un año, 1997, el abastecimiento de armas a Turquía por parte de la Administración Clinton superó a la suma del adquirido por Turquía entre 1950 y 1983. Gracias a este apoyo militar, “Turquía fue capaz de pulverizar la resistencia kurda”, concluye Chomsky. En el balance, al iniciarse el nuevo siglo, decenas de miles de muertos, entre dos y tres millones de refugiados y la devastación de unos 3.500 pueblos.

El libro “Una nueva generación dicta las reglas” recuerda a otro actor al que Estados Unidos no señala con el dedo acusador, Israel. Este país mantuvo la ocupación del sur del Líbano durante más de dos décadas, sin atender las consideraciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Fue en junio de 2000 cuando la resistencia libanesa forzó la retirada israelí de su territorio. La invasión se tradujo –“siempre con la ayuda y armamento de Estados Unidos”, matiza Chomsky- en decenas de miles de asesinados, centenares de miles de personas desahuciadas e infraestructuras civiles arrasadas.

En Palestina las agresiones continúan en 2017. El pasado 17 de abril el periódico “Palestina Libre” reproducía una nota de Europa Press en la que se informaba que Israel responde con aislamientos, confiscaciones y castigos a la huelga de hambre indefinida iniciada por más de 1.600 presos palestinos. La represión se ha centrado en los líderes del movimiento, como el dirigente histórico Marwán Barghuti . A ello se agrega la expansión colonial. El pasado mes de enero el Gobierno de Israel anunció la construcción de 2.500 nuevas viviendas en asentamientos judíos de Cisjordania. Además, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), 2016 batió el registro de los últimos siete años respecto a número de demoliciones -1.089-de propiedades palestinas en los territorios ocupados.

Cuando se proclamaba oficialmente, en los albores del siglo XXI, un Nuevo Orden Mundial fundamentado en la Democracia y los Derechos Humanos, Colombia superó a Turquía en la ratio de principales destinatarios de la ayuda militar norteamericana. Chomsky menciona la cantidad de 7.500 millones de dólares inyectada por Estados Unidos en el “Plan Colombia”. Según organizaciones de derechos humanos, los asesinatos de autoría paramilitar pasaron del 46% en 1995 a cerca del 80% en 1998. Y las cifras oficiales confirmaban la tendencia. Así, el Informe Anual de Derechos Humanos del Departamento de Estado norteamericano de 1999 concluía sin embozos: “Las fuerzas de seguridad colaboraron activamente con los miembros de los grupos paramilitares”. A estos dos actores –ejército y escuadrones paramilitares- el informe atribuía el 80% de los asesinatos perpetrados por grupos identificables. Ese mismo año las escabechinas fueron cada vez más habituales, hasta llegar a una diaria. El aumento del suministro de armas por Estados Unidos al Estado colombiano se justificó como ayuda contra el narcotráfico, “lo que no es tomado en serio por ningún analista competente”, apunta el lingüista y politólogo.

Otro ejemplo de flagrante doble moral a finales del siglo XX remite a Timor Oriental. “Nuevas y atroces carnicerías”, “una catástrofe humanitaria”, califica Noam Chomsky, que sucedía mientras Estados Unidos y Gran Bretaña ultimaban el ataque a Serbia para defender, se decía, los derechos humanos. Los antecedentes de la degollina en Timor Oriental se sitúan en 1975, cuando Indonesia invadió y se anexionó esta antigua colonia portuguesa, que había declarado su independencia. Entonces ya se produjo una primera escabechina, que se saldó con cerca de 200.000 muertos. Indonesia contó en 1975 con el apoyo militar y diplomático de Estados Unidos.

“La desolación, la tortura y el terrorismo volvieron en 1999”, afirma el autor estadounidense, que subraya en rojo una fecha, el seis de agosto. Ese día Clinton aireó su doctrina favorable a intervenir, cuando fuera posible, donde se estuviera masacrando a “inocentes”. El mismo día la iglesia de Timor Oriental informaba de que sólo en 1999 habían resultado asesinadas entre 3.000 y 5.000 personas. Se trata de cifras muy superiores a las de los muertos en el conflicto de Kosovo (por todos los bandos) un año antes de que la OTAN resolviera intervenir. ¿De nuevo la cruenta “ley del embudo”? “Las víctimas que morían en Timor Oriental a manos de asaltantes indonesios respaldados por Occidente –principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña- eran civiles indefensos”, concluye el autor de “Una nueva generación dicta las reglas”. A finales de 1999, Amnistía Internacional cifraba en al menos 100.000 el número de refugiados en Timor Occidental. Pero el líder laborista Tony Blair se fijaba principalmente en Kosovo: “Se había cometido una tremenda injusticia contra un pueblo que habita a las puertas de la Unión Europea; nuestra posición nos permitía impedirlo e invertir el curso de los acontecimientos”.