A finales de septiembre próximo, el Gobierno Regional del Kurdistán (GRK), órgano político-administrativo oficial de la región autónoma del Kurdistán Iraquí, zona enclave entre Irán, al Este; Turquía, al Norte; Siria, al Oeste; e Irak, al Sur; llevará a cabo una consulta, con carácter de referendo vinculante, sobre la posibilidad de que dicha región haga efectivo su proceso de escisión respecto de los límites territoriales de Irak. Este no es, por supuesto, el primer referendo que el GRK convoca con la intensión de ver materializada la constitución de un Kurdistán como Estado-Nación soberano e independiente: desde hace poco más de cuatro décadas, diversas fracciones de la población kurda, lo mismo en Irak que en Siria y Turquía, han llevado a cabo distintos esfuerzos, por un número similar de vías —aunque la mayoría de ellas sin efectos vinculantes—, para independizar las porciones de territorio en las que habitan.

La cuestión es que el referendo que se tiene programado para el día veinticinco del siguiente mes, contrario a las experiencias anteriores, se desarrolla en el marco del conflicto armado que envuelve a la intervención, con propósitos fragmentarios, que Occidente, en general, y Estados Unidos, en particular, desarrollan dentro y en los alrededores de Siria. De manera tal que, derivado de la profundidad con la que Estados Unidos financió y armó a las milicias kurdas para convertirlas en la primera línea de ataque y de defensa en contra del Estado Islámico (también armado y financiado por Estados Unidos para balcanizar a la región), éste es el primer proceso independentista en el que la población kurda (por lo menos la fracción iraquí) se presenta desde una posición de fortaleza.

Pero es una fortaleza, no obstante, que, por ahora, sólo parece valedera dentro de los límites poblacionales del Kurdistán iraquí, toda vez que el apoyo político, logístico, financiero y militar que reciben las distintas facciones kurdas en la región, por parte de Estados Unidos y sus aliados, dependen justo de la relación que Occidente mantiene con el Estado huésped; a saber Irán, Turquía, Siria e Irak. Así pues, de entrada, es un hecho que de todas, la única que no verá un cambio cualitativo en sus condiciones actuales ni en sus aspiraciones de soberanía futura es la facción que habita dentro de los límites territoriales turcos —lo que significa que el status de organización terrorista que les fue asignado desde Occidente no perderá ni un poco de su vigencia.

Y lo cierto es que no es de sorprender: el apoyo que reciben los estratos que viven dentro de los otros tres Estados huésped se encuentra en función de la potencialidad con la que las respectivas milicias kurdas son capaces de fragmentar las fronteras territoriales actuales. Pero no sólo, pues adyacente a la posibilidad de reducir sustancialmente la extensión geográfica de Estados-nacionales como Irán, Siria e Irak se encuentran diversos objetivos geopolíticos, cuya especificidad depende de factores como la presencia de recursos energéticos o minerales estratégicos —catalogados así por la importancia que revisten para mantener la supremacía de Estados Unidos en sectores científico-tecnológicos, y similares o derivados.

Las fuerzas armadas kurdas de extracción iraquí, en este sentido, no son únicamente uno de los principales aliados con los que Estados Unidos cuenta para regular (mas nunca enfrentar, detener o eliminar) el actuar del Estado Islámico desde que éste se salió de las manos de su aparato de inteligencia (como también a la CIA se le fue de las manos el control del Talibán y al-Qaeda, en los años ochenta); sino que, al mismo tiempo, gracias al profundo rechazo que profesan  al Islam político —considerándolo un cáncer introducido por la ocupación árabe en los territorios ancestrales kurdos—, representan la mejor apuesta de Occidente para repeler la influencia de la alianza Siria-Irán-Rusia en la zona.

Ahora bien, aunque en términos generales las autoridades iraquíes —entendiendo por ellas tanto al Gobierno de facto de las juntas militares estadounidenses cuanto al de extracción parlamentaria autóctono— no se oponen a la constitución de un Kurdistán independiente, escindido en parte de territorio iraquí; no es un dato menor el que Estados Unidos, ostentando el control real del país, por medio de su posicionamiento militar y de la actividad empresarial de sus corporaciones, avance en la construcción de un nuevo Estado, ad hoc a sus intereses, justo en el momento en que el Gobierno de Donald Trump se esfuerza por aparentar haber desplazado el centro de gravedad de su política bélica en Oriente Próximo de Siria a los remanentes del Estado Islámico —y ya el simple acto de reducir al Estado Islámico a remanentes dice mucho de la relación entre éste y Washington por sí mismo.

En principio, podría parecer un absurdo que, ejerciendo el control militar del país, Estados Unidos se aventure a construir un Estado kurdo dentro de las fronteras de Irak, y no en Siria; siendo que la fragmentación política, territorial y cultural causada por la intervención armada —so pretexto de introducir a los sirios al cauce de la vida democrática— ofrece mejores condiciones para experimentar con la socialidad de las comunidades devastadas. Después de todo, hace un lustro, Occidente provocó la guerra en el país con tres objetivos claros: dominar la cadena de valor de las reservas de hidrocarburos; detener y controlar los contactos (flujos migratorios, comerciales, energéticos, etc.,) entre el Sur de Europa, China y Rusia; y eliminar las corrientes islámicas que le son hostiles; y para ello es preciso destruir y (re)construir el área, y todo lo que contiene.

El rechazo de la administración Trump —en abierto enfrentamiento a la posición de las autoridades militares estadounidenses destacadas en Irak—, por ejemplo, parecen apuntar hacia aquella dirección de incongruencia en la estrategia estadounidense para reconstruir Irak y otras de sus posesiones en Siria, apelando al argumento de que cualquier proceso independentista kurdo, en este momento, arrastraría a Irak a una significativa desestabilización que entorpecería los esfuerzos vigentes para asestar los últimos golpes al Estado Islámico.

Sin embargo, por debajo de lo superficial de ese lugar común en las declaraciones de la diplomacia estadounidense, los planes de venta de armamento, capacitación militar y trasferencia logística a ciertas facciones kurdas en Siria, aprobados por Trump en mayo pasado, apuntan en dirección contraria: más allá de conquistar la ciudad siria de Raqqa, de concretarse el establecimiento de un Kurdistán independiente escindido de territorio iraquí, lo que estarían buscando los aparatos de inteligencia estadounidenses, por medio de las milicias kurdas de extracción siria, giraría en torno al imperativo de anexar al Estado-nacional kurdo naciente las porciones de territorio que las fracciones sirias mantengan bajo su control.

En este sentido, el Estado-Nación kurdo resultante ofrece, por un lado, una salida fácil a Estados Unidos, y sus aliados en el campo de batalla, para disminuir los gastos de guerra, pero también, para distender las tensiones que el enclave geopolítico sirio ha introducido en la relación de aquel con Rusia; y por el otro, una posición aceptable (si bien mejorable) para consolidar los tres objetivos que se habían planteado en la génesis de la guerra.

No es azaroso, por ello, que el trazo inicial de lo que se pretende sean las fronteras políticas-administrativas de la nueva entidad estatal formen un corredor, en forma de media luna invertida, desde la ciudad iraquí de Kirkuk, rica en hidrocarburos, hasta el asentamiento sirio de Raqqa, el más próximo a Damasco, pasando por Erbil, Mosul, Al-Hasakah y Kobane; cercando a Irak y a Siria por sus líneas fronterizas con Turquía e Irán, respectivamente. Un trazo que, no sobra mencionarlo, sigue, milla a milla, el recorrido del principal corredor territorial bajo control militar del Estado Islámico, desde 2015.

De manera que si bien los tratos entre Rusia, China y Estados Unidos se encuentran en uno de sus puntos más bajos, por causa de los desequilibrios de poder en Oriente Próximo, entre Rusia y Estados Unidos; y por las disputas en el Sudeste asiático y en la península coreana, entre éste y China; por lo menos la cuestión siria, una vez fundado el Kurdistán, sale fuera de foco —pero sólo de manera tangencial, pues Siria es un enclave geopolítico muy valioso, en términos de los requerimientos de construcción de la hegemonía internacional, como para que Estados Unidos renuncie a su posicionamiento actual en el país.

Ricardo Orozco/ Rebelión