Por Gabriel Fernández | La Señal Medios

Después de las víctimas directas, los pobladores sirios asesinados, el gran damnificado por los ataques de los Estados Unidos sobre las bases aéreas es, curiosamente, el pueblo norteamericano. La movida desatada por el presidente Donald Trump configura un golpe a varias bandas que contribuye a reordenar su posicionamiento ante la estructura de poder planetario.

Los móviles internos deben buscarse en un doble juego concatenado: despegarse de las acusaciones por presuntos pasos articulados con Vladimir Putin para llegar a la presidencia, y armar promoción sobre un nuevo litigio internacional para no quebrar lanzas con el sistema financiero y dejar para otros tiempos el renacer industrial.

Los externos son: poner en situación incómoda a China, cuya alianza con Rusia es el elemento más molesto de la política exterior norteamericana, e intentar forzar su despegue del respaldo mostrado hasta ahora para la táctica de Sergei Lavrov sobre Medio Oriente. Por eso bastó con un ataque más publicitario que práctico y por eso hubo prudencia en la réplica euroasiática.

Vale recordar que los llamados países emergentes han acentuado su desarrollo y que restan pocos años para que se equilibren los arsenales competidores. Y no sólo eso: sobre tal marco, el aporte ruso e iraní para la reconstrucción siria ha logrado grandes avances en los tiempos recientes. Las fuerzas que combinan finanzas y armas, más otros elementos, como centro de ganancias, empiezan a denotar cierto apuro.

Claro que de esta acción se desprenden elementos de interés para atisbar el futuro mediato: la revitalización de los terroristas antiislámicos llamados islámicos pero bien pertrechados por la gestión norteamericana anterior, y la re colocación de Irán como amenaza internacional. Con poco, Trump espera hacer tambalear la coalición de tres potencias económicas trascendentes.

Esto es política estratégica de los Estados Unidos: en cualquier circunstancia, sus pensadores saben que necesitan al menos roces entre Rusia, China e Irán. Hasta el presente, tomando en cuenta la circunspecta reacción del trío agredido indirectamente, no se ha conseguido tal objetivo. Por tanto, cabe aguardar nuevas provocaciones.

El paso previo parece identificable con ciertas costumbres de la inteligencia estadounidense, pues el ataque con gas sarín sobre Jan Shijún no encuentra sentido en la determinación articulada del gobierno sirio que lidera Bashar Al Assad con Rusia para la pacificación de las zonas damnificadas por los terroristas.

Si se recorren las informaciones referidas a esa agresión química el pasado martes, sólo se hallarán referencias a “aviones no identificados” que “fuentes seguras” evaluaron como pertenecientes al ejército sirio. Las razones que llevarían al gobierno de Al Assad a actuar de ese modo contra su población, no figuran en ningún análisis.

Sólo emergen, en medio de esta compleja situación geopolítica, aseveraciones contundentes sobre la “criminalidad” y la “maldad” de la administración electa constitucionalmente en comicios libres en el año 2014. Esos comentarios sin base argumental surgen básicamente de voceros de la OTAN que son presentados como especialistas en Medio Oriente.

Era la excusa que los Estados Unidos necesitaban para operar en las direcciones interna y externa que señalamos al comienzo del artículo. El libreto, al ser acompañado con intensidad por los grandes medios de comunicación, se revela eficaz pese a su reiteración. Sin embargo, en el Asia profunda y en El Vaticano no existen tantos dirigentes permeables a la propaganda como en otras regiones.