Por Atilio Boron

Hay una ley sociológica que dice que la fase más violenta de los imperios es la de su decadencia. En nuestro libro AMERICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL IMPERIALISMO y en diversos artículos sobre el tema internacional hemos trabajado repetidamente sobre esta tesis. La historia lo comprueba de modo irrefutable. La fase más brutal del imperio español en América fue la de su derrumbe. El himno nacional de la Argentina, cuya letra fuera obra de Vicente López y Planes (no precisamente un representante del ala jacobina de la Revolución de Mayo) retrata con inigualable precisión la respuesta de España ante la osadía de los rebeldes:

“¿No los veis sobre Méjico y Quito
arrojarse con saña tenaz,
y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto y llanto y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?”

No muy diferente fue la historia del imperio británico en su fase terminal si nos atenemos a los dichos y escritos de gentes como Mahatma Gandhi y Nelson Mandela; o la del imperio francés, no para referirnos a los horrores indecibles causados por la represión al pueblo haitiano, el primero en independizarse en esta parte del mundo, sino al perfeccionamiento científico de la tortura aplicada en Argelia ya no dos siglos atrás sino en los primeros años de la década de los sesentas del siglo pasado. Estados Unidos inaugura su imperio arrojando dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y comienza su periplo descendente descargando sobre dos naciones subdesarrolladas y de campesinos pobres, Vietnam y Camboya, 10.550.000 toneladas de bombas entre 1965 y 1973. ¿Esto es mucho, poco? Comparemos. Es una cifra CINCO VECES SUPERIOR AL TOTAL DE BOMBAS QUE LOS ALIADOS LANZARON A LO LARGO DE TODA LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL tanto en Europa como en el Norte de África y Asia, incluyendo las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

Por eso no hay demasiadas razones para sorprenderse por la reaparición de la derecha reaccionaria en muchos países. Tal cosa expresa, en su aberración, la lenta pero irreversible declinación del imperio norteamericano. En Estados Unidos, Donald Trump y su racismo, xenofobia y homofobia es la manifestación más notable de esta tendencia, pero está lejos de ser la única. La increíble impotencia de Barack Obama para instaurar muy módicas reformas es parte de lo mismo, reflejo de un clima ideológico cada vez más reaccionario. El Brexit del Reino Unido refleja lo mismo, así como el violento desplazamiento hacia la derecha neonazi de la política de muchos países europeos, empezando por Francia y siguiendo por Hungría, Polonia, Ucrania, Polonia y varios más. Y en Nuestra América, el “golpe suave” en Brasil, la involución autoritaria en la Argentina, y la acelerada derechización de numerosos gobiernos de la región demuestran que así como en la década de los ochentas del siglo pasado se habló hasta por los codos de la “transición democrática” latinoamericana –previsiblemente inconclusa casi cuarenta años más tarde- en la época que corre deberíamos hablar, con mayor énfasis todavía, de la “fascistización” o la involución autoritaria en curso en América Latina tanto como en los capitalismos metropolitanos. Reflexión ésta acicateada por los reiterados ataques sufridos por los medios de comunicación contrahegemónicos en la Argentina –el más reciente en contra de Resumen Latinoamericano- y en muchos países de Nuestra América. Es importante examinar con cuidado “el huevo de la serpiente” para vislumbrar, a través de su traslúcida cáscara, el fascismo que va creciendo y se apresta –entrando en escena con renovados y vistosos ropajes “democráticos”, falsos de una falsedad absoluta- a apoderarse de nuestros países. No sólo prever la desgracia sino que, en función de un certero diagnóstico, prepararnos para librar una crucial batalla por la democracia, la libertad y los derechos humanos y, como lo recordaba Fidel, por la supervivencia de la especie humana.