Han pasado ya 102 años desde la aparición de John Clayton III, aquel hombre entre aristócrata y salvaje que pelea contra cazadores malvados y peligrosas fieras, mejor conocido como Tarzán, un héroe de la literatura, el cómic, el cine y la televisión.

Fue Édgar  Rice  Burroughs,  un ex militar nacido en Chicago, en 1875, el encargado de crear la figura de este mítico personaje blanco, criado por chimpancés en la selva africana y que decide enfrentar a quienes ponen en peligro la tranquilidad de la selva.

Inspirado en la literatura escapista que se publicaba en revistas populares, Burroughs consiguió que en 1912 la revista All-Story publicara por entregas su historia y dos años después, en 1914, fuera editada como novela bajo el título ‘Tarzan de los monos’.

En total escribió 26 libros sobre las aventuras del héroe de la selva. La crítica fue seducida por ese hombre apuesto, civilizado y a la vez violento, que encerraba la figura del buen salvaje.

El 7 de enero de 1929, Tarzán saltó de la novela al cómic cuando se publicó la historieta ‘Tarzán de los monos’.
Esta primera versión fue ilustrada por Hal Foster, según explicó el caricaturista Hernando ‘El chato’ Latorre, un fanático del salvaje personaje. “A partir de ahí conocedores del género se inspiraron en el rey de la selva como Burne Hogarth y Frank Frazetta, entre muchos otros”, explicó.

José Campo, docente, narrador gráfico y director de Calicómix, señaló que fue Burne Hogarth quien le entregó a la figura de Tarzán su dinamismo característico y una anatomía preciosista.

“Hogarth usó el blanco y negro con sombras dentro de la posibilidad que le ofrecía su trazo de tinta. Entonces veíamos unas viñetas muy ricas en elementos, una tupida vegetación parecida a los bonsáis, derivado de influencias tan variadas como el arte japonés y chino, pero también de la tradición del grabado occidental”, añadió Campo.

De América Latina, ilustradores destacados como el peruano Pablo Marcos han tenido el honor de darle vida al mítico personaje, cuando en los inicios de su carrera hizo parte de la editora Marvel. “Tarzán es un personaje que disfruto mucho hacer por esa dinámica que ofrecen sus trazos”, dijo el peruano en una entrevista para El País.

Latorre señaló que Tarzán es un símbolo inmenso. “Él inspira justicia, aventura, es un hombre con una fuerza descomunal, puede comunicarse con los animales. Fue el primer héroe del siglo XX, sin tener los poderes de Superman”.

Pero la presencia de Tarzán también dominó la gran pantalla. Su primera aparición fue en el cine mudo cuando el 27 de enero de 1918 fue estrenada ‘Tarzán de los monos’, dirigida por Scott Sidney y protagonizada por el actor Elmo Lincoln, quien lo representó en otras dos oportunidades.

Sin embargo, fue Johnny Weissmüller, un nadador que llegó a ganar cinco medallas olímpicas de oro, quien crearía la iconografía con la que se reconocería a Tarzán en el mundo. Con su físico atlético y jovial, Weissmüller captó la esencia de Tarzán como ese buen salvaje que amaba la naturaleza y correr entre los árboles.

En 1932 el actor estrenó ‘Tarzán de los monos’ para los estudios MGM, en la que el nadador, apenas cubierto por un taparrabos, generaba largas filas en los teatros norteamericanos. El actor realizó seis películas en las que tuvo como compañera a la actriz Maureen O’Sullivan, (la mamá de la actriz Mía Farrow) con quien hizo varias escenas icónicas entre ellas la celebre frase: ‘Yo Jane, tú Tarzán’.

Este personaje surgió en una época oscurecida por la guerra y la depresión económica. Tarzán era el héroe que lograba en la oscuridad de una sala de cine dispersar los temores de una sociedad pesimista.

Latorre considera que actualmente el concepto de héroe ha cambiado. “Los que estamos viejitos queríamos ser Tarzán, íbamos al paseo para movernos entre los árboles y pelear con cocodrilos. Los jóvenes de hoy no conocen a Tarzán, es un héroe que fue superado por la tecnología y por los héroes mutantes”.

Historias de la época que funcionaban como causas ideológicas del Imperialismo.

En el siglo XIX aparece la concepción de la nación basada en la raza, la cultura, la lengua o la religión. Esta concepción es utilizada por algunos para justificar la expansión imperialista.

Surgen figuras como Nietzsche o los teóricos del darwinismo social británico –que hablaba de naciones capacitadas para la lucha por la supervivencia– contribuyeron a la gestación del concepto de superioridad de la raza blanca, que debía llevar el progreso y la civilización a las naciones atrasadas. El racismo fue la consecuencia directa de estos planteamientos. Mitos como el de Tarzán o las obras literarias de Kipling o Conrad manifiestan claramente el concepto de superioridad del hombre blanco y, por tanto, la legitimidad intrínseca de la colonización.

En este mismo contexto, hay que situar también el activismo misionero, protestante o católico, que indirecta o directamente desempeñó un papel destacable en el control de las poblaciones indígenas.

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