“Visibilizando a los invisibles” es el título de una pieza teatral basada en monólogos, que representan durante una hora un grupo de diez voluntarios –actores no profesionales- de Nigeria, Marruecos, Senegal, Colombia, Mali y una mujer de etnia gitana. Todos ellos son usuarios de la ONG Valencia Acoge, ya que han residido en los pisos tutelados de la entidad solidaria, o han participado en el servicio de atención a las víctimas del racismo o bien en el de atención jurídica a personas inmigrantes. No en todos los casos los actores redactan los “monólogos desde la exclusión”, pero en lo que siempre se coincide es en el argumento: la denuncia de las injusticias, la explotación y el racismo. En 2015 y 2016 han realizado tres representaciones, gratuitas para el público: dos en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MUVIM), donde unas 150 personas llenaron la sala y la tercera en la Sala L’Escorxador del barrio del Cabanyal, dentro del Festival Cabanyal Íntim. “Todos los monólogos son muy duros”, resume Carolyn Phippard, trabajadora del Área de Sensibilización de Valencia Acoge; “queremos que el público salga afectado, y siempre lo conseguimos”.

En la dramatización titulada “Hogar dulce hogar”, una mujer colombiana trabaja como interna en un domicilio de españoles. Mientras mira por la ventana se le aparece en el recuerdo su país e hijos, que quedaron cargo de la abuela en Colombia. Los niños que cuida en España y la mirada al paisaje urbano le devuelven una triste memoria. Magnolia, voluntaria colombiana que representaba el papel, “se lo tuvo que dejar de tanto que le conmovía, realmente lo hacía muy bien”, destaca Carolyn Phippard. “¿Pero qué trabajo es esto?: encerrada, sin contrato y entonces sin posibilidad de tener papeles, echo de menos mi libertad, mi gente; me siento triste, sola y utilizada; si no fuera porque tengo que enviar dinero a mi familia”, recita Magnolia ante el público. En una de las representaciones, en el Mercado Central de Valencia (enero de 2016), se vio sollozar a algunas mujeres bolivianas y ecuatorianas de lo que cercana que vivían la historia.

Elimane, senegalés de 44 años, lleva al escenario la discriminación y el racismo: “Unas vidas valen más que otras”. Sus palabras rememoran a los 15 inmigrantes subsaharianos ahogados en la playa ceutí del Tarajal (febrero de 2014), después que agentes de la guardia civil efectuaran disparos con material antidisturbios. “Ousman, ¿Eres tú? Coge de aquí, coge. ¿Qué te pasa? No llores hombre, no llores, ya llegamos; cuando lleguemos te curarán. Deben de tratarnos bien en España”. Al salir a escena, una joven nacida en España y de familia magrebí, Widad, intenta descubrir lo que hay “Detrás del velo”: “Supongo que la forma que tiene mucha gente española de tratarme es parecida a la forma en que Occidente trata a nuestros países; piensan que saben lo que nos conviene. El problema es que se equivocan”. Cuando le llega el turno, así empieza Bouba, maliense, el soliloquio titulado “Déjame que te llame hermano”: “Aunque yo sea tu criada, tu obrero, tu esclavo, tu puta…”. Después aparece la actriz voluntaria de etnia gitana que ronda los 35 años y vive en el barrio de la Malva-Rosa, Nieves. Porta tres bolsas llenas de pañuelos. Rechaza los oscuros, aquellos que representan los prejuicios y los estereotipos, mientras se queda con los textiles de color, esos que remiten a los valores reales del pueblo gitano.

Durante la actuación de Nieves también participa el público, con unos textos de carácter racista: “Para este puesto no das la talla”; “niña, no juegues con esta gitana” o “¿Pero tú eres gitana?, si tú eres una persona como yo…”. Otra forma de intervención en la obra se produce mediante el reparto de máscaras –símbolo de la invisibilidad social- a la puerta del teatro entre una parte del público inmigrante. Tras el parlamento de bienvenida y antes de que comiencen los monólogos, Mauricio, colombiano que reside en Valencia, pregunta: “¿Quién es inmigrante en esta sala?”. Los enmascarados entre el auditorio se presentan citando el nombre, país de origen y el añadido final: “Soy persona”. Pese a que es habitual que corran lágrimas entre el público, la teatralización acaba siempre con una llamada a la esperanza: “Si no luchamos juntos / los perdedores / los últimos / los oprimidos / ¿quién luchará?”.

Residente en Valencia desde hace 12 años y estudiante de Trabajo Social de primer curso, Elimane es también actor profesional; por ejemplo participó entre 2005 y 2012 en el grupo teatral de la ONCE. En cuanto a los ensayos, afirma que dependen de la disponibilidad del grupo. Cuenta que realizaron dos con carácter previo a cada dramatización, durante la jornada anterior y el mismo día ya sobre el escenario, para coordinarse, observar los decorados, comprobar que funcionarán los “micros”, cerciorarse del volumen de la música… “Como los futbolistas cuando salen al terreno de juego”, ironiza. Exentos de la parafernalia teatral, los monólogos –de entre tres y diez minutos- se han representado entre otros lugares en polideportivos y universidades. Pero “sobre todo éste es un trabajo político y de ‘empoderamiento’, no hacemos nada que sea amable”, subraya Carolyn Phippard.

“Si no fuera por los monólogos, ¿a qué entraría yo a las facultades de Derecho o Medicina?”, agrega Elimane; “son una forma de entrar en contacto con otras personas y explicar nuestra historia”. Vivian, nigeriana de 41 años y miembro del grupo de teatro, participó en una mesa redonda en torno al feminismo en la Facultad de Ciencias Sociales de Valencia. Actualmente trabaja limpiando casas, “por horas y cuando me llaman”, explica en la sede de Valencia Acoge. También integra un grupo de mujeres de diferentes países que cocinan y venden “tapas”. De Senegal, Bolivia, Argelia, Nepal, Colombia… Tienen un punto fijo de venta –los miércoles en el Centre Social Terra de Benimaclet-, aunque también las llevan a los actos y actividades solidarias. “Mujer Basura”. Es el monólogo de Vivian. “Dice el periódico que el 90% de las prostitutas de este país somos inmigrantes; no dice que somos un polvo barato; no dice que somos esclavas sexuales; no dice que somos una mierda; ¿por qué no lo dice?”.

Desde hace cuatro años en institutos, universidades y plazas (y también a instancias de ayuntamientos), se desarrolla el proyecto de “Biblioteca Humana”. “Contamos todo lo que no sale en la radio y la televisión”, explica Elimane. Grupos de entre tres y quince personas, todas ellas usuarias de Valencia Acoge, componen estas “bibliotecas” en las que cada inmigrante es un “libro” y cuenta su historia personal. En la explanada de un centro educativo o en la plaza de un pueblo, la gente se acerca a escuchar y pregunta. Vivian afirma que, en general, “no conocen nuestras circunstancias, se sorprenden de lo que les contamos”. Los títulos no anticipan biografías de colora de rosa: “Experiencia de racismo”, “Mi vida, un reto” “Explotación naranja” y “Desde Mauritania a Orriols” (barrio de la ciudad de Valencia), entre otros.

 En un vagón del metro Vivian pisa sin pretenderlo a una mujer española, que se sienta muy cerca. Le pide disculpas, que no acepta la usuaria nacional. Ésta se cambia de lugar, mientras en el sitio que deja libre, al lado de Vivian, se sienta otra persona inmigrante. La ciudadana española, Begoña, al advertir que las dos migrantes hablan de ella, les espeta: “Tengo derecho a sentarme donde me dé la gana, estoy en mi país”. Juan, también de nacionalidad española, sale en apoyo de Begoña y hace derivar la conversación hacia lugares comunes: extranjeros que desbordan los centros de salud, compiten por las becas de los comedores escolares, no pagan impuestos por los pequeños negocios y demás estereotipos. Se genera, así, un importante revuelo en el transporte público. Los usuarios del metro toman partido. Todavía no saben que se trata de una representación -“Antirracismo sobre ruedas”-, de la que forman parte Begoña (presidenta de Valencia Acoge), Juan, Vivian y otros compañeros. “Hay un punto de provocación”, señala Vivian. “Nos hemos llegado a encontrar con gente de España 2000, que han dicho ‘sí señora, los españoles primero’”. La “performance” dura unos cuatro minutos, dos paradas de metro.

Si bien se mantiene el sentido de la denuncia, el pequeño drama puede asumir diferentes formas. Hay días en que la iniciativa “Antirracismo sobre ruedas” se materializa en dos mujeres –llamadas Fátima- que conversan durante la travesía de metro en lengua senegalesa (wolof). “Perdonen, ¿pueden bajar la voz que estoy leyendo?”, inquiere una pasajera nacional, de nuevo Begoña. “Al menos que hablen en español”, refuerza Juan. Y de nuevo se aviva la discusión durante dos paradas de metro. Marca el final y da el aviso de que todo era una ficción la siguiente pancarta: “Si consientes el racismo participas en él; Campaña ‘Antirracismo sobre ruedas’ de Valencia Acoge”. Hace aproximadamente un año y medio que el grupo empezó con las teatralizaciones. Se han señalado un objetivo, realizarlas una vez al mes en un día fijo. En una jornada pueden realizar seis “performances” de continuo, es decir, entre 90 y 120 minutos de representación. “Normalmente las personas racistas son minoría”, resalta Vivian.

Fuente: http://bit.ly/2i0qcuH