El ministro de la dictadura fue elegido como el funcionario que más perjudicó la economía en los últimos 200 años: un relato liberal que terminó estallando por la inflación, el déficit y el estatismo militar.

la llegada de los militares al poder había sido recibida con bastante alivio tras el caos del final del gobierno de Isabel Perón. Nadie imaginó el desastre político y económico que sobrevendría por muchos años en el país, con efectos nefastos hasta nuestros días.

Dos tragedias signaron a la Argentina con la llegada del proceso: la lucha contra la subversión terrorista librada por los militares al margen de la ley con las violaciones a los derechos humanos; y los efectos devastadores que con el tiempo dejó en amplios sectores de la vida económica y social el plan implementado por José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía durante los cinco años de la presidencia de Jorge Rafael Videla.

Más allá de las miradas apasionadas y a veces muy ideologizadas sobre lo acontecido hace 40 años, el paso del tiempo permite hoy ensayar alguna explicación a la enorme frustración que resultaron los militares, también en el manejo económico. Sobre todo a la luz de comportamientos políticos, económicos y sociales que se han repetido a lo largo de la historia en la sociedad argentina y sus principales factores de poder.

Martínez de Hoz se encontró con un fenómeno que terminó destruyendo no sólo su plan para supuestamente modernizar a la Argentina, sino que también arrasó finalmente con todos los ensayos económicos que intentaron sus sucesores hasta nuestros días. El drama de siempre: un gasto público que aumenta sin control, el gigantismo del Estado con el creciente déficit fiscal, y finalmente la absoluta irresponsabilidad de gobernar con medidas económicas artificiales para sostenerse como sea en el poder hasta el final, y que la cuenta le explote y la pague el que sigue.

El relato de Martínez de Hoz y su equipo económico se inspiraba en la idea de supuestamente modernizar la economía argentina.

Venían, con el relato de la escuela de Chicago, supuestamente a cambiar una cultura muy arraigada en el país, con la presencia de un Estado protector, benefactor y dirigista construido desde la década del 30 para consolidarse con el peronismo, donde los intereses de las corporaciones y la puja distributiva eran observados como factor de desorden en la sociedad. Se intervinieron los sindicatos, se prohibieron las huelgas y se deprimieron los salarios contra la inflación que venía lanzada desde el Rodrigazo de 1975. La libertad de mercados para asignar los recursos y el premio a la eficiencia eran los nuevos valores, cuestiones que se repetían en los mensajes del equipo económico en el arranque del proceso militar.

Pero la realidad resultó opuesta al relato. Todo el mensaje liberal que promovía Martínez de Hoz y algunas de sus iniciativas pro mercado, terminaron chocando contra las ideas de un Estado fuerte que en general siempre tuvieron los militares en la Argentina, los grandes estatistas de nuestra historia. No sólo el General Perón, desde luego.

Nunca pudo el ministro de Videla reducir el gasto público que terminó volando y potenciando el déficit, entre otros rubros, por el impresionante gasto militar que reclamaron los uniformados para la guerra que gracias a Juan Pablo II nunca estalló con Chile en 1978. Jamás pudo privatizar una empresa. De hecho, debutó estatizando la compañía privada de electricidad Ítalo, operación en la que siempre quedó muy sospechado de corrupción y que revela algo importante a esta altura de la nota: Martínez de Hoz no fue de ninguna manera una víctima del estatismo militar. Fue cómplice. Terminó cocinándose él y a todo el país en su propia salsa.

Los problemas económicos comenzaron a menos de un año del golpe. Las presiones militares para aumentar el gasto y agrandar el tamaño y peso de las empresas estatales derivaron en creciente inflación y endeudamiento externo para financiar los gastos cada vez mayores del Gobierno. El principio del fin comenzó a gestarse en diciembre de 1978. Ante la imposibilidad de bajar el déficit y la inflación, para luchar contra la suba de precios se dispuso una fuerte y generalizada reducción en los aranceles de importación, a la vez que se estableció un régimen cambiario con un sistema de devaluaciones descendentes en el tiempo, programadas con anticipación, la famosa ‘tablita‘ Pero como el gasto público y la emisión no paraba de subir, también la inflación se agudizaba, atrasando cada vez más el tipo de cambio que estaba casi fijo, con las devaluaciones anunciadas y descendentes en el tiempo. Cuanto más meses pasaban, más se atrasaba el tipo de cambio. Al mismo tiempo, la reforma financiera de 1977 también había incorporado un germen estatista que resultó letal con el tiempo: tasas libres para los plazo fijos, pero con garantía estatal sin límite para los depósitos. Con inflación en alza, las tasas de interés en pesos crecían cada vez más, mientras el dólar seguía clavado por la tablita. Se consolidó así la llamada patria financiera, que en verdad había surgido al final del gobierno peronista en 1975, con la inolvidable aparición de los Valores Nacionales Ajustables, el primer título público argentino que se ajustaba por inflación. La bolsa era una fiesta: compraban VANA por la mañana, los caucionaban a la tarde para obtener más dinero, y con eso se volvían a Comprar VANA, títulos que subían todos los días por la inflación. Las grandes familias financieras de la Argentina que hoy controlan los principales bancos nacionales se forjaron al calor de esos instrumentos, que luego se fueron potenciando y consolidando en los años de la plata dulce.

El combo del atraso cambiario creciente por la combinación explosiva de la tablita con inflación creciente, tasas de interés fuertemente positivas con garantía de depósitos y apertura económica resultó devastador para los productores e industriales locales. El desempleo y los quebrantos se multiplicaban. Como las empresas no podían pagar sus deudas a los bancos, las entidades salían y pagaban cualquier cosa por el dinero a plazo fijo, total existía la garantía del Estado en los depósitos.
Dos años después del inicio de la tablita, el sistema explotó por el aire. Cayó el principal banco privado de entonces, el BIR, dejando un tendal de 350 mil ahorristas que perdieron a la larga sus depósitos. Comenzó así una sucesión de corridas cambiarias que terminaron con el gobierno de Videla y su ministro.

El saldo fue dramático. Fuerte crecimiento de la deuda pública en dólares para el país, porque el bendito Estado, siempre con los militares en el poder, también se hizo cargo de los dólares que debían las principales empresas privadas en 1982. Curioso: la misma práctica se repitió 20 años después en democracia, con la pesificación asimétrica que siguió al estallido de la Convertibilidad.

La historia del Joe, como lo llamaban en la city a Martínez de Hoz, ocupa una página negra en la historia y la memoria de los argentinos. Imperdonable en la complicidad con los militares. Pero no tan distinta en términos macro con las dificultades que siguieron. La historia de siempre. Gobiernos que solo se dedican a subir el gasto, la inflación, y los impuestos. Y a financiar el déficit como sea: con deuda externa, emitiendo sin respaldo, vendiendo joyas de la abuela, cobrando impuestos las ganancias a los obreros. Eso sí, con ministros cómplices y dólar barato para ganar las elecciones.

 

Fuente: El cronista