El presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, ha solicitado a Google y a Facebook que luchen para que sus plataformas digitales no contribuyan a la difusión de noticias falsas.

Nadie podría estar en desacuerdo con un enunciado así, ¿verdad? Es incluso loable que el máximo responsable de la Unión Europea se preocupe tanto por la veracidad de las informaciones que llegan a nuestras pantallas. Esa debiera ser una de sus misiones en la defensa de la ciudadanía comunitaria, máxime en una época donde —merecidamente— la credibilidad de radios, periódicos y televisiones está bajo mínimos.

Sin embargo, no todo es tan sencillo cuando nos alejamos del mundo del buenismo y de los lugares comunes grandilocuentes de la política. Detrás de las declaraciones de Juncker se esconde una apuesta por la censura y por el unidimensionalismo informativo que asusta o que debería asustarnos. Y es que, si exigiéramos lo mismo a los mass media comunitarios, probablemente nos quedaríamos con la sección de los pasatiempos y, a lo sumo con los horóscopos.

No son exageraciones, el periodista Udo Ulfkotte, que trabajó 17 años en el conocido diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, denunció que los servicios de inteligencia de Estados Unidos le habían pagado por difundir informaciones falsas y que los medios europeos, fundamentalmente en lo referente a las coberturas internacionales, se han convertido en instrumentos de la propaganda de la OTAN. Y no se refiere en su libro “Periodistas Comprados” únicamente a su caso particular, sino que aporta una extensa lista de prestigiosos profesionales que, habitualmente, se han prestado a este tipo de actividades en su país, algo que con toda seguridad, se replica en la Unión Europea a todos los niveles.

¿Qué diría Juncker sobre estas informaciones que en realidad son campañas de imagen belicistas al servicio de la guerra y la injerencia atlantista? Probablemente no le preocupen lo más mínimo, no se ha referido a ellas en ningún momento, sólo se preocupa por las informaciones que la ciudadanía mueve a través de las redes sociales, donde no se puede ejercer tan claramente un control de tipo empresarial o institucional. El problema de fondo es que Facebook se ha convertido en un medio de comunicación de los más importantes del planeta, a veces en el principal medio de información de numerosas personas y es necesario controlar lo que allí aparece para que no fastidien la agenda a los grandes media comprados por las corporaciones o por instituciones como la OTAN.

Más allá del debate de gestión de los trendings topics de Facebook, si deben ser dirigidos por humanos —que pueden estar más mediatizados por opiniones subjetivas—, o si es preferible dejarlos en manos de algoritmos matemáticos —a los que responsabilizan de ser los responsables de difundir ‘noticias falsas’— ,lo que realmente debe preocupar es que esta iniciativa supone de facto el establecimiento de la censura en internet.

El ejemplo que suele ponerse de los errores del algoritmo automático de la selección de noticias destacadas es la elección el 10 de septiembre de 2016 de un artículo del Daily Star que aseguraba que las torres gemelas realmente habían sido demolidas en un acto premeditado. Ese fue el detonante del problema: que una noticia supuestamente falsa y conspiranoica no puede jamás ocupar un lugar destacado en ningún medio comunicación de masas. Da igual que la versión ‘verdadera’ sea una gran mentira que no explique, por ejemplo, cómo la tercera torre (WT7) del complejo se derrumbó si, contra ella no chocó ningún avión y, casualmente, cayó a plomo exactamente igual que las otras dos vecinas. Da igual que la versión oficial sea igual o más conspiranoica que la alternativa. Nuestros mayores decidirán por nosotros y nosotras qué podemos leer y qué no es conveniente que leamos. No nos consideran mayores de edad para poder discriminar o pensar por nosotros mismos…

La implementación que Facebook pretende hacer de estos requerimientos oficiales tampoco es muy tranquilizadora. Literalmente dicen que “… Cuando mucha gente nos avise de que una historia es un bulo, vamos a hacer que la estudien organizaciones externas dedicadas a comprobar los hechos. Si estas están de acuerdo en que la historia es falsa, veréis una bandera al lado de la historia señalando que ha sido puesta en entredicho”. Pero, ¿quiénes son esas ‘organizaciones externas’ de fact checking dedicadas a comprobar la veracidad de una noticia? ¿Habrían sido capaces de descubrir en su día que las armas de destrucción masiva de Irak eran una noticia falsa? ¿Sabrían que el programa militar nuclear iraní era una falacia? ¿Contarían que era una falsedad que Gaddafi bombardeaba a manifestantes? ¿Descubrirían que las incubadoras de donde los soldados iraquíes arrancaron a los recién nacidos en un hospital de Kuwait eran un montaje norteamericano? ¿Nos dirían que el ataque químico de Damasco lo realizaron en realidad los terroristas moderados de EEUU en Siria? ¿Descubrirían las falsedades de los Cascos Blancos o del Observatorio Sirio de los Derechos Humanos? No, ¿verdad? Las mentiras del establishment estarían a salvo de los caza bulos.

Previsiblemente, al final, las noticias de Facebook se van a convertir en un campo de batalla donde partidarios y detractores de las informaciones batallarán, mediante votos o denuncias, para conseguir que lo que les moleste sea etiquetado como falso, independientemente de su veracidad. Y no hace falta recordar los placeres mayoritarios de miles de millones de moscas o la alusión del Papa de Roma a la coprofilia mediática, para darnos cuenta de que el futuro que nos aguarda en el plano informativo no va a ser muy halagüeño.

Fuente: http://bit.ly/2i5SgP6