Las ruinas del pueblo de Epecuén se ubican a 600 kilómetros de Buenos Aires. Paseándose entre muros derrumbados y antiguos hoteles vacíos y devastados, uno tendría la impresión de que hubo una explosión atómica a pocas horas de la capital argentina. Pero no. Fue la naturaleza la que se tragó a esta localidad balnearia de 1.100 habitantes, que durante décadas atrajo a miles de turistas para aprovechar sus aguas termales y salinas.

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Solo en los últimos años el mundo se enteró de la existencia de esta ciudad fantasma. Las mismas aguas que la destruyeron se retrajeron y la dejaron al descubierto. Aquel lugar que en 1985 se hizo famoso por las catastróficas imágenes de escombros y hasta ataúdes flotando, hoy es escenario de películas y una atracción turística de por sí. La filmación de una publicidad del energizante RedBull, con el ciclista Danny MacAskill rodando entre los escombros, catapultó a la localidad a los cuatro rincones del planeta.

Durante varios siglos, la zona había sido habitada por indígenas que se habían beneficiado de las propiedades de las aguas de la laguna de Epecuén. Por sus características geográficas —está ubicada en una cuenca cerrada— por miles de años se acumularon allí minerales y sales, explicó a Sputnik Gastón Partarrieu, director del Museo Regional de Adolfo Alsina, el municipio donde se ubica el pueblo abandonado.

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“Los indígenas la utilizaban fundamentalmente por esta mineralización muy fuerte, de casi 350 gramos de sal en un litro de agua. Estamos hablando de que el mar tiene entre 20 y 30. Eso traía propiedades muy beneficiosas para cicatrizar heridas y para tratar las enfermedades de la piel, y esa tradición se fue haciendo pasando de boca en boca”, dijo el museólogo y estudioso de la historia de Epecuén.

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En la década de 1870 comenzó la colonización de la zona, con la avanzada de las tropas argentinas sobre los territorios habitados por pueblos originarios. Los fuertes militares devinieron en localidades, como Carhué, la cabecera de Adolfo Alsina, fundada en 1877. A inicios del siglo XX llegó el ferrocarril, y con él, turistas que acudían a disfrutar de las reputadas aguas.

A partir de entonces, en Carhué empezó a desarrollarse una incipiente industria turística, con hostales y posadas. Pero las personas debían ser llevadas en carro ocho kilómetros para darse sus baños terapéuticos en la estación balnearia. A fin de brindar más comodidad a los visitantes —generalmente personas aquejadas de alguna enfermedad— en 1921 se loteó un terreno a orillas de la laguna y se construyó el pueblo de Epecuén.

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En aquel entonces no había mucho conocimiento sobre el comportamiento natural del sistema de lagunas del oeste de la provincia de Buenos Aires, donde se ubicaba la estación termal. La nueva población que sucedió a los indígenas no disponía de mucha información empírica de los efectos de las épocas de sequía y lluvias en los depósitos de agua, explicó Partarrieu.

“Cuando nace el pueblo, en 1921, estábamos en un ciclo de mayores lluvias, que había arrancado en 1870 y que había hecho que estas lagunas no fueran salitrales o salinas húmedas. Cuando se funda el pueblo de Epecuén, nadie conocía hasta dónde podía crecer la laguna, pero se sabía que en los últimos 50 años nunca había pasado ese nivel. Así que el pueblo se hizo a la orilla de ese momento”, narró el director del museo regional.

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A partir de entonces, crecieron las inversiones turísticas y los proyectos para transformar a Epecuén en un gran balneario a nivel nacional. Las plazas hoteleras se multiplicaron para acoger a los forasteros que difícilmente encontrarían aguas similares en otros lugares.

Pero en la década de 1930 comenzó un ciclo seco y la laguna se retrajo. Esto provocó un efecto nocivo en la actividad de la zona. Para entonces, la orilla se había alejado medio kilómetro del pueblo. Esta sequía se extendió hasta 1960 aproximadamente y las aguas se redujeron aún más.

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“Esa sal se concentraba y formaba una capa de 20 centímetros de cristales. Era imposible hacer un baño placentero porque te cortabas y no había agua”, comentó Partarrieu, autor de ‘Epecuén: Lo que el agua se llevó’, una completa investigación de la historia del pueblo.

En 1960, al factor del clima se le suma uno más inesperado: el político. En ese momento, Argentina entraba en una fase de expansión de los proyectos de infraestructura, con la ejecución de obras hidráulicas, una medida reclamada por la industria turística local para salvar a las lagunas que se secaban.

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Estas obras consistieron inicialmente en encauzamientos de arroyos provenientes de las sierras “para que el agua llegue más directo y no se pierda en los campos”. Luego, se construyó un canal de 90 kilómetros, que aportaba a estas lagunas agua proveniente de arroyos de la cuenca del río Salado, que de otra manera no llegaría allí. Sin embargo, para no afectar su salinidad, Epecuén se mantuvo cerrada.

“Con eso se pretendía en esos años solucionar dos problemas: primero, la sequía en nuestras lagunas y segundo, el problema que generaban los arroyos, que cuando llovía mucho se desbordaban e inundaban campos”, explicó el entrevistado.

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En 1975 se inauguró el canal, pero al año siguiente, la dictadura militar cambió sus prioridades en materia de inversiones. De modo que las intervenciones de regulación de las obras se abandonaron. Mientras, los cauces modificados seguían aportando agua indiscriminadamente al sistema de lagunas.

Al mismo tiempo, comenzó un nuevo ciclo húmedo. Las lluvias provocaron millones de hectáreas inundadas en la provincia en los años entre 1977 y 1985. Por el aporte de estas precipitaciones y de las napas subterráneas, la laguna de Epecuén comenzó a crecer naturalmente.

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“A aquel pueblo que había sido construido a la orilla de la laguna le tuvieron que hacer una muralla de contención, porque si bien no había tenido problemas desde 1921, en 1978 el agua comenzó a avanzar sobre la costanera misma del pueblo. Si no se frenaba con una muralla artificial, el agua iba a comenzar a entrar a las primeras casas”, indicó Partarrieu.

En 1985, las lluvias se multiplicaron: entre octubre y noviembre de ese año, cayó prácticamente toda el agua de un año entero. Todas las lagunas de la zona se llenaron. Epecuén, la más baja, comenzó a recibir más y más agua de ellas. Para peor, el fuerte viento que sopló entre el 8 y el 10 de noviembre subió aún más la cota de la reserva de agua, hasta el punto que colmó la muralla de contención, de cinco metros de altura y ancha como una ruta de dos vías. En ese momento, empezó la catástrofe en el pueblo.

“Ahí comenzó la evacuación de la totalidad del pueblo, que duró cuatro o cinco días. Se sabía que venía más agua bajando porque había llovido mucho. Eso iba a complicar más la situación. Se decretó el abandono total del pueblo y la laguna recuperó un lecho natural que desconocíamos. Los sectores más bajos sobre la costa quedaron cubiertos por dos metros de agua”, explicó el entrevistado.

Guaminí, una localidad que se ubicaba en las orillas de otra laguna del sistema, corría la misma suerte. Por eso se abrieron las compuertas de los canales para evitar que este y otros pueblos terminaran completamente tapados. El agua de las lagunas superiores desembocó en Epecuén.

En 1992, otra crisis hídrica empeoró la situación y para entonces, la localidad fantasma estaba cubierta por siete metros de agua, ya no salada sino dulce. Se reforzaron las murallas de los pueblos costeros y se perfeccionaron las canalizaciones para evitar otra catástrofe. La cuenca cerrada se abrió y hoy las aguas desembocan en el océano.

A diez años de la última inundación, comenzó una época de sequía. De a poco, el pueblo abandonado fue quedando al descubierto. En 2006 se empezaron a ver las edificaciones y poco después el agua se retrajo por completo para revelar un panorama desolador.

En el momento de la debacle, Epecuén se preparaba para la temporada estival de 1986. Sus hoteles, con 5.000 plazas, comenzaban a acoplar mercaderías en bodega. Aunque la mayoría de personas sacó sus objetos, muchas propiedades quedaron cerradas. En cuestión de días, las personas que tenían en el turismo una manera de subsistir se quedaron sin nada.

“Hubo gente que se metía en balsas y rompía los techos. Antes de que el pueblo se inundara, con el agua a la mitad, sacaron puertas, sacaron ventanas. Fue desmantelado, no es que quedó intacto bajo agua. Cuando el agua subió, las construcciones estaban totalmente deterioradas, porque habían sido rotas a mazazos. El agua en muy poco tiempo destruyó gran parte de las estructuras”, explicó Partarrieu.

Entre los escombros, algunas pilas de camas, catres y colchones dan una idea del pasado hotelero de Epecuén y del episodio, que fue “muy traumático” para la gente del municipio de Adolfo Alsina. Tanto, que recién ahora pueden comenzar a retomar la historia de aquellos años.

“Hasta hace un tiempo atrás era un tema medio tabú. No se hablaba, se escondía”, aseveró el museólogo. La inundación también arrasó con parte del cementerio local: las imágenes de féretros flotando en el agua se magnificaron en televisión nacional. Las ruinas, para muchos, revivían estos fantasmas, que repercutían negativamente en sus esfuerzos por refundar el turismo termal.

A pesar de todo hoy, la cantidad de gente que va a darse baños iguala a los que visitan el pueblo abandonado. La llegada del ciclista de RedBull constituyó una publicidad inesperada para la actividad turística. En enero, los habitantes de Carhué volvieron a poner a su municipio en el mundo entero, cuando unas 2.000 personas rompieron el Récord Guinness en número de personas flotando simultáneamente.

“Las ruinas recién se explotaron después de que vino MacAskill. Eso generó un impacto mediático enorme y ahí muchos entendieron que de la tragedia se podía generar nuevamente una vida”, resaltó Partarrieu.

Fuente: http://bit.ly/2sxInxn