Aprovechando la publicación del BP Statistical Review of World Energy, junto a Erasmo Calzadilla (cubano) y Aníbal Hernández (colombiano) hacemos una revisión anual de las estadísticas energéticas para Latinoamérica y el Caribe. La lectura de la producción y consumo energético está directamente asociada a las emisiones de CO2 y al crecimiento económico. Las emisiones de CO2 en 2016 fueron inferiores a las de los tres años anteriores: 1.118 millones de toneladas de CO2.

Si bien el descenso de emisiones es una excelente noticia, una esperanza de cara al futuro, hay que ahondar en la forma en que el capitalismo lo está dando y qué problemas trae asociado. En ese análisis nos encontramos con el dilema central en el capitalismo del siglo XXI: cómo generar menos emisiones sin caer en un declive económico.


PBI total y per capita en América Latina y el Caribe. Fuente: CEPAL

Los países más industrializados han logrado superar este problema: por un lado gracias a la mejora en la eficiencia (los autos y los aviones modernos son un buen ejemplo) pero sobre todo enviando sus empresas más sucias al otro lado de las fronteras y al resto de países “en vías de desarrollo”.

Como ejemplo los países de la Unión Europea volvieron a consumir la misma cantidad de energía que hace treinta años con un PBI tres veces superior. Los países latinoamericanos han mejorado su eficiencia en la relación de consumo energético-PBI-emisiones pero no pueden enviar sus empresas fuera del continente sino todo lo contrario: se han convertido en receptoras de las industrias y sobre todo de la extracción de los recursos ya agotados en los países del norte global. Como verán, el consumo energético fue casi paralelo a las emisiones de CO2 y al aumento del PBI total.

Causas naturales

Al iniciarse el siglo XXI el aumento del PBI de la región trajo una disminución del porcentaje de pobres e indigentes en un tercio, aunque la desigualdad histórica entre los sectores más acaudalados y las mayorías no se hayan podido disolver. Ese desarrollo implicó aprovechar el alza en los precios de los commodities de la mano del aumento del extractivismo (agrícola, mineral y energético) y sustituir algunas importaciones. Esto necesitó de un aumento en el consumo de energía que elevó las emisiones, no sólo de dióxido de carbono sino de metano y otros gases de efecto invernadero.

Ahora bien, cuando empezamos a analizar por qué se frena el aumento de emisiones nos encontramos con varios asuntos a revisar. Por un lado está la caída de los precios de los commodities desde 2013, asociada a la incapacidad de la industria de tolerar durante tantos años precios tan altos al mismo tiempo que debe afrontar los intereses de las deudas que crecieron al mismo ritmo. Los dueños del capital, al encontrarse con límites para crecer, atacan a los trabajadores que, disminuidos sus salarios, disminuyen el consumo. Así, tenemos menos inversión en producción del lado de los capitalistas y el Estado y por tanto, menos consumo de ambos lados.

Desde el punto de vista energético, la baja de las emisiones tiene que ver, por un lado, con un cambio favorable de disminuir el consumo de petróleo y carbón mientras que aumenta el consumo de gas (hasta un cierto punto menos contaminante) y de renovables.

La caída en el consumo del petróleo no está asociada a una intensión de reducción de las emisiones sino a la imposibilidad de aumentar la producción. Lo mismo está empezando a pasar con el gas.

En cuanto a las energías eólica, solar y geo-biomasa, el aumento en el último año (+4,5 MTEP) es semejante a la disminución del uso del carbón (-4,1 MTEP). Lo esperanzador de esto se diluye un poco al ver que estas energías que se usan principalmente para electricidad, siguen siendo un apéndice del consumo total de la región: menos del 10 % del total.

La imposibilidad física de aumentar la producción de petróleo es un problema para una región que lo necesita para el 48,5 % de su dieta. Como diferencia, regiones como Asia Oriental o la India dependen principalmente del carbón. Por tanto, el beneficio ambiental que representa disminuir el consumo del oro negro, se transforma en un problema económico.

La energía fósil es la sangre de la sociedad industrial y ésta, a su vez, es la base del capitalismo globalizado. Por tanto, para que se expanda la economía previamente se necesita un crecimiento constante de la disponibilidad de energía. Recordemos el impacto de la crisis petrolera de los años 70, resultado de una pulseada geopolítica que terminó en un freno a la exportación de petróleo desde Oriente Medio a EEUU justo cuando éste pasaba su pico del petróleo y empezaba su declive.


El gráfico muestra la relación histórica entre crecimiento económico global y el consumo energético. En porcentajes de crecimiento anual promediando los últimos tres años: consumo energético global (azul) y PBI global en dólares estadounidenses de 2010 (rojo). Fuente: Our Finite World

Cuando observamos que la entrada de energía se estanca o decrece hay que ir procesando la idea de hacia dónde irán los tiros en nuestra región (ojalá sean sin balas de goma y menos de las otras).

Más habitantes con menos derroche energético

Como conclusión: la disminución de emisiones es algo que tenemos que apoyar en el modelo económico y político (que sea), si es que queremos mantener un clima menos caótico. Esta disminución de emisiones se logrará con el descenso del consumo energético y por ende con un decrecimiento económico. El decrecimiento económico está sucediendo y se puede encarar de varias maneras.

En un modelo capitalista liberal apunta a adquirir forma de crisis social que termina en desocupación, pobreza y hambruna. La propuesta a la izquierda sería aprovecharla para disminuir las desigualdades: con toda la población con sus necesidades básicas bien cubiertas mientras se iría limitando el derroche energético-económico de los sectores más acomodados.

Esta “grasa” es parte de un sistema bastante obeso que necesita adelgazar, es decir decrecer: la huella ecológica de la producción global en 2016 fue de 1,6 veces lo que la Tierra puede producir por año, o sea se está sobrepasando la capacidad de auto regeneración en un 60 %, consumiéndose año tras año el “capital” que representa la capacidad de reproducción de la biósfera.


Fuente: Global Footprint Network

Esta sobreexplotación de los bienes naturales es causada por múltiples factores: desde el consumo de artículos de lujo, la construcción de viviendas de alto consumo energético, vehículos de alta gama o turismo internacional, la concentración agrícola en manos del agronegocio mortal, la expulsión de campesinos, pero también en el modelo de producción y consumo del que se hace participar a toda la población, mediante toda una canasta de productos de consumo de masas cuya necesidad es inventada por el marketing y la publicidad, que van desde alimentos enfermantes (diseñados por los CEOs, como los de PepsiCo), artículos industriales casi descartables a causa de la obsolescencia programada, ropas, muebles y hasta viviendas defectuosas, y urbes enteras diseñadas para necesitar un auto particular.

Pero con conducir a que el 10 % más acaudalado de la población que acapara el 71 % de las riquezas disminuya su consumo en beneficio del resto de la población, se evitaría los mal llamados “ajustes”: precarización laboral, desempleo, pérdida en la calidad de los servicios públicos, privatizaciones y creciente deuda pública.

Es importante ver que el aumento poblacional tardará en adaptarse a la caída del consumo energético actual, así que veremos disminuir el PIB per cápita durante unos años o décadas hasta que la población comience a disminuir, acompañando el declive.

El crecimiento poblacional ya se ha estancado a nivel mundial si excluimos África. Para América Latina y el Caribe los datos preliminares para 2016 son de un crecimiento de 1,075 %, bajando año a año desde 1963. La acción política ante los excesos demográficos en la región tienen un costado bastante oscuro en el siglo XX con el Perú de Fujimori, la Operación Manos a la Obra en Puerto Rico o las portadoras de VIH en México y Centroamérica, pero en el siglo XXI hay un gran avance en el uso voluntario de anticonceptivos y en el derecho de las mujeres a elegir sobre el mejor momento para su maternidad (aunque la despenalización del aborto sigue siendo materia pendiente).

Cuanto menos habitantes haya menos impacto sobre el ambiente (habría que sentarse a hablar con las tantas iglesias cristianas), pero este impacto siempre será pobre en relación al impacto del uso actual de cualquiera de las energías fósiles. ¿Cuántos bosques nativos podemos talar a mano y cuántos otros con una topadora? Así que al núcleo de la cuestión estamos llegando, no por voluntad sino por geología.

La posibilidad de endeudarnos nos confundirá durante algún lustro y algunos países se permitirán mantenerse sobre la ola más tiempo pero al no poder pagar la deuda un tiempo después, la caída tiende a ser más grande que si hubiesen desacelerado la economía a tiempo. Ya lo vivimos, intentemos otra cosa.

Fuente: La Izquierda Diario